Es naturalmente también una misión llena de desafíos. No hablaremos de todos, sino de los que consideramos más significativos y de pronto de más interés para ustedes queridos amigos.
✎ Desafío de ser consoladas para Consolar como María Santísima
✎ Desafío de trabajar en equipo
✎ Desafío de inculcar el Evangelio entre los indígenas y habitantes de este territorio ✎ Desafío de promover el cuidado de la Creación y de la Amazonía en todas sus formas
✎ Desafío de estar y permanecer donde otros/as no quieren estar
1. El primero desafío que es aquel de vivir como María, la Madre de Jesús y Madre nuestra. Ella que fue la primera misionera del Evangelio, ella que supo dejarse consolar por el anuncio del Ángel, por la Palabra de Dios que es Palabra de Vida Nueva y así se transformó en la gran consoladora del mundo, trayendo a la humanidad al Salvador y Redentor nuestro: Jesús Cristo.
Acoger y vivir el desafío de ser misioneras marianas significa para cada una de nosotras contemplar esa figura de mujer, fuerte y valiente, que dijo SI aun sin entender mucho, que siguió en silencio los pasos de su Hijo y que por fin al pié de la cruz, sin miedo, acompaña a Jesús en la hora de desolación y abandono.
2. “El desafío de trabajar en equipo” es una realidad y un imperativo que está presente en nuestra misión desde el día en que nacimos. Cuando el beato José Allamano, nuestro fundador, nos hizo nacer como familia religiosa misionera, lo hizo para que nosotras colaboráramos con los misioneros de la Consolata, fundados nueve años antes, en los campos de misión de África. Quiere decir que desde los inicios este es un sueño de nuestro fundador: el saber trabajar en colaboración ,el ser equipo, en una palabra: ser FAMILIA.
Vivimos en una sociedad cada vez más individualista y egocentrista. Cada cual piensa en si mismo y a sus necesidades privadas. En cambio, los pueblos indígenas son por excelencia y naturaleza pueblos comunitarios. Provienen de clanes, habitan un territorio colectivo, se identifican alrededor de una cultura y una lengua propia. Hoy día están también ellos contagiados por los efectos de la globalización. Tienden a dejar lo colectivo y propio para adquirir lo ajeno.
El desafío de trabajar en equipo, con espíritu de Familia, significa para nosotras ser el testimonio de Dios Trinidad, el Dios Uno e Trino porque comunión es amor, un Dios que no es solitario sino relación. Por esa razón, nos sentimos llamadas a privilegiar las relaciones interpersonales, a promover una pastoral desde el “nosotros” basada en el discernimiento comunitario y en la programación de conjunto. Servir el Reino con espíritu de familia es hacer realidad el sueño de Cristo que envió sus discípulos no a solas sino “de dos en dos”. Ser y vivir la comunidad es el único modo, el más prefecto para evangelizar.
3. Un tercer desafío, tal vez el mayor de todos, es el de inculcar el Evangelio entre los indígenas del actual vicariato de San Vicente – Puerto Leguízamo y próximamente vicariato de Puerto Leguízamo – Solano.
Nosotras, las misioneras de la Consolata entendemos, inculcar el Evangelio en el mundo indígena como un desafío. ¿Un desafío por qué? Porque el Evangelio no posee cultura propia. El Evangelio es Buena noticia para todos los pueblos y culturas. Así como se encarnó en la cultura judía (pues Aquel que lo propuso era judío) también se puede encarnar en las culturas originarias de nuestro continente, de nuestra nación y de nuestro vicariato.
¿Qué estamos haciendo para responder a este desafío?
José Allamano dejó a sus misioneras y misioneros una metodología misionera aun sin nunca haber estado en tierras de misión. El haberse dejado iluminar por el Espíritu de Dios, su visión de futuro y su aprecio por la persona lo llevaron a inculcar en sus misioneras la pedagogía de la VISITA. Al mismo tiempo que las primeras misioneras dedicaban en Kenia su atención a la educación y a la salud, también salían a visitar las veredas, andaban muchas horas bajo el sol fuerte para llegar donde un enfermo o convencer una familia sobre la importancia de la educación de sus hijos e hijas.
Esta metodología de hace 100 años se ve también hoy. Allamano, un hombre profundamente de Dios quiere que sus misioneras vivan la misma pedagogía de Jesús: ir al encuentro. No se trata de esperar que los indígenas lleguen donde nosotras, sino de ir a compartir la Buena Noticia del Evangelio en su espacio, en su mundo cultural. Es ahí dentro de sus malocas, al lado del fogón o sentadas bajo un árbol que se entabla un diálogo entre iguales, donde Jesús adquiere rostro indígena. El proceso de inculcar del Evangelio es lento y de nuestra parte representa una propuesta. A lo largo de los ríos se están llevando a cabo encuentros formativos con los catequistas, diálogos con las mujeres, se hace catequesis a los niños, se participa en rituales autóctonos y se favorecen espacios de encuentro donde indígenas y evangelizadores comparten las riquezas espirituales, la sabiduría de Dios presente no solo en la iglesia católica, sino también en estos pueblos y sus culturas.
4. Vamos ahora a compartirles el cuarto desafío que vivimos en nuestra misión. Como ya les dijimos, nosotras, las misioneras de la Consolata que hoy les hablamos, estamos ubicadas en la zona sur de Colombia, sobre la rivera del río Putumayo que aquí hace frontera con Perú. Estamos en plena selva amazónica, un espacio y una geografía vista por muchos como posibilidad de explotación de recursos pero que nosotras consideramos el hábitat de los pueblos originarios del continente americano. ¿Dónde irá el indio sin tierra y sin casa?
Nosotras, creemos que es posible y urgente unir esfuerzos con otros evangelizadores e instituciones para contrarrestar, en el lugar, los efectos devastadores de la colonización actual. Megaproyectos como el IIRSA “Integración regional de sur América”, la explotación petrolera, el eco-turismo y tantos otros ponen en peligro la vida de muchos pueblos y culturas.
Hoy como ayer Jesús vino para dar vida y vida en abundancia; hoy como ayer las misioneras de la Consolata están presentes para defender la vida, para sostener las poblaciones más frágiles y amenazadas, para luchar por la justicia e igualdad de derechos, junto con aquellos que difícilmente son escuchados. Sin embargo, el desafío de vivir en la amazonía no es solo para proponérselo a los demás, es también un desafío asumido a nivel personal y comunitario.
Es un desafío que los indígenas a diario nos enseñan a vivir y con ellos alabamos al Dios Creador y Señor por sus obras grandiosas. Nos sentimos llamadas en primera persona a dar vida al Documento de Aparecida que nos invita a “evangelizar a nuestros pueblos para descubrir el don de la creación, sabiéndola contemplar y cuidar como casa de todos los seres vivos y matriz de la vida del planeta, a fin de ejercitar responsablemente el señorío humano sobre la tierra y los recursos, para que pueda rendir todos sus frutos en su destinación universal, educando para un estilo de vida de sobriedad y austeridad solidarias” (DA 474)
5. Por último, les presentamos el gran desafío de PERMANECER en lugares donde otros y otras no quieren o tienen dificultad en permanecer.
Este desafío nos hacer entrar en el corazón de nuestro Carisma Misionero Ad Gentes. Hace 100 años José Allamano nos envió donde otras hermanas no habían logrado estar. Hoy estamos en la Amazonía, en la frontera y con las minorías étnicas. Estamos en lugares donde la gente de la ciudad vendría con gusto por unos pocos días de turismo si no hubiese conflicto armado, aislamiento, ni mosquitos.
Estamos aquí y estamos felices del regalo de la misión que el Señor nos ha concedido. No faltan dificultades, enfermedades, pocos recursos económicos para los grandes gastos en combustible a lo largo de los ríos… No faltan los inconvenientes de la no-comunicación, pocos materiales para la evangelización, del ser una zona totalmente fluvial, entre otros. Sin embargo abundan personas deseosas de experimentar el Amor de Dios, la Buena Noticia del Evangelio de Jesús y nosotras Misioneras de la Consolata estamos aquí para CONSOLAR a pesar de todos los retos y desafíos.
Atentamente:
Hermana Graça Lameiro
Misionera de la Consolata
Puerto Leguízamo Putumayo
Colombia